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La campaña del miedo



El miedo es un recurso político de primer orden. Mas allá de las razones objetivas para seguir a una determinada opción política, solo cabe apelar a los sentimientos y las emociones para conseguir acumular capital político, electores, con el que conseguir el poder. Una vez en el poder, el discurso del miedo se legitima por evidente: al acceder al poder, es útil, y por tanto legítimo. Hay varias formas de asustar a la población, como por ejemplo agitar el fantasma del comunismo, el separatismo o el fanatismo religioso. Todo esto lo estamos viendo en la campaña electoral que, por suerte, terminará el próximo 26 de junio. A esta campaña, que podría no ser la última del año, la llamo “la campaña del miedo”.



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El triunfo del miedo como argumento político

Usar el miedo da resultados inmediatos, pero tiene efectos secundarios a medio y largo plazo. El efecto a medio plazo es el odio, a largo plazo es el rencor. Más allá, quedará la cicatriz del resentimiento. La historia está llena de episodios donde se ha demostrado que usar el recurso del miedo ha sido catastrófico para el pueblo que ha seguido al gobernante que lo invocaba. Porque el miedo es irracional, no atiende a una razón lógica, se basa en mentiras o medias verdades, en viejas desconfianzas y susceptibilidades. Si se apela a la emoción, el miedo es una emocion, todo lo demás se desdibuja y adquiere categoría místico-religiosa. Nunca va a faltar nadie que se deje embaucar por los cantos de sirena de un prestidigitador de las emociones.

Hoy asistimos a los discursos del miedo en diversos grados. Por un lado, el miedo al extremismo, al radicalismo, a los soviets de las redes sociales. Del otro lado, se usa el eslogan de “No tenemos miedo”, que al albergar dicha palabra apela a él directamente. Puesto que al usar un término negativo se tiende a escoger la opción conservadora, se han cambiado los esloganes por corazones y sonrisas, pero el mensaje subyacente es el mismo. Se dice que no se tiene miedo porque justamente se siente miedo: miedo atroz a perder libertades y derechos, un miedo que paraliza por lo siniestro que resulta el hecho de perder, en solo un lustro, los avances sociales que se han tardado décadas en conseguir. Eso es miedo, y por eso se apela implícitamente a el. Recuerdo otra campaña hace unos años que decía: “Si tu no vas, ellos vuelven”. Ellos contra nosotros. Y nosotros como el pueblo. Ese suele ser el pecado original de los movimientos de izquierdas, que usan al pueblo como si este les perteneciera, como si el pueblo fuera una mercancía fabricada por la izquierda.

El pueblo soy yo, y yo soy el pueblo. A veces el pueblo se revoluciona y a veces el pueblo se vuelve manso. Al final, el pueblo no atiende a las urgencias del dictado de la izquierda, sino a sus propias urgencias, que suelen ser más básicas y mezquinas: vivir una vida digna, acumular capital y dejar una herencia a los hijos, poco más que eso. Si por el camino se ganan o pierden derechos y libertades, no importa demasiado si no se tocan en lo esencial las urgencias básicas del pueblo. Un amigo mío me dice: mientras no nos falte para tomar una caña y unas bravas en la terraza del bar, no va a cambiar nada. Los romanos tenían otro dicho: Pan y circo. Nuestro circo es la televisión, los videojuegos o el centro comercial, el templo de nuestros días. Nuestro pan es el salario, las pensiones y demás ayudas económicas. Se vive, mejor o peor; se disfruta, más o menos, y se muere uno razonablemente bien.

Cierto es que por el camino están aquellos que se quedan en los márgenes, que se consumen en una espiral de desdichas: la pérdida del trabajo, de oportunidades, de ilusiones; las deudas de una hipoteca, la amenaza del desahucio, las codicias de los bancos sin alma… La escritora Cristina Fallarás nos habló de ello en su libro cuando la desahuciaron a ella, y nos advirtió de lo fácil que era quedarse al margen de la sociedad. Dice que ahora vivimos siempre al borde del abismo, y tiene razón. Caer al abismo es tan fácil como perder un trabajo y consumir las ayudas del gobierno; esto son dos años, luego ya viene la caída. Sin dinero, no somos nada ni a nadie le importamos. Nos convertimos en invisibles, en un porcentaje. Ni pan ni circo. Los invisibles no tienen fuerza para iniciar revoluciones, porque son menos que los que cubren sus necesidades básicas, y estos no se solidarizan con los habitantes de los márgenes, porque tienen mucho que perder, su miedo les paraliza, su miedo a la invisibilidad. Un miedo que nos vuelve mansos.

Asistimos a la urna con el espantajo del miedo, nos acompañan los fantasmas que se quedaron en los márgenes, y llenos de pavor introducimos una papeleta a la cual solo le falta un “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”. Luego asentimos satisfechos, hemos hecho lo mejor, lo más sensato, nos creemos hombres de estado, adalides de la moderación, héroes contra los cantos de sirena de una alternativa incierta. Pienso en todo esto porque no tengo esperanzas en que haya cambios. Me consume el desánimo. Observo el inmenso erial que me separa ideológicamente de muchos amigos, algunos con hoz y martillo, otros con datos macro económicos indudables, luego el desierto sin fin de los patriotas, y el gigantesco glaciar de los otros patriotas; entonces me miro al espejo, sonrío y finjo. Finjo vivir en un país normal, en un sistema económico perfecto, que me provee de mis urgencias básicas y que incluso me permite darme el capricho de unas vacaciones, de las mil formas de ocio que me tranquilizan, libros, juegos y demás espectáculos, que enmascaran el miedo y lo justifican, que domestican al radical que habita en mi, enjaulado, que me mira con desprecio desde el otro lado del espejo.

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